Memorias en camiseta – Una vida en mangas cortas

Memorias en camiseta – Una vida en mangas cortas

Opinión Proyectos

Yo lo tengo claro. Para conocer bien a una persona no necesito ver sus redes sociales, ni su diario, ni su cuenta bancaria. Tan sólo requiero acceso a su cajón de las camisetas.

Y es que no hay una prenda tan íntima como la camiseta. La lencería y la ropa interior tiene el estigma del que se queda en la sombra o quien sabe a ciencia cierta que sólo podrá brillar durante unos segundos. Pero la camiseta no sólo es elegida por su vertiente estética, sino que es el portal de acceso libre a la personalidad de su dueño.

La camiseta es humilde. Su confección es sencilla y su precio popular. Pero es la base para crear todo un universo. Es el folio en blanco de las prendas de vestir. En ella puedes alcanzar la excelencia artística o simplemente considerarla como una funda ilustrada para torsos sin alma. También dice más de una persona el cómo trata sus camisetas que cualquier currículum que te pueda presentar.

En cualquier caso la camiseta permite expresar o insinuar quién eres. Es el cartel que anuncia a tu persona y que te presenta antes de que estreches por primera vez la mano del desconocido.

A través de ella puedes conocer de una persona cuáles son sus gustos musicales, su sentido del humor, su nivel cultural, su ideología política, sus complejos y sus vicios. Porque una camiseta no sólo puede ser elegida entre un sinfín de opciones, sino que también permite crear tu propia voz sobre sus fibras.

Mi experiencia personal (como supongo que la vuestra) ha pasado por todos los estados que conozco. He heredado camisetas de familiares que me sentaban mal o que contenían mensajes que apenas me definían porque eran recuerdos de viajes ajenos, de cuerpos que no eran el mío y de gustos que posiblemente fueran opuestos a los míos.

También he gastado camisetas de productos y marcas que no consumía y que, entre las de tabaco y las de alcohol, proyectaban la imagen de un corruptor de menores. Con el boom de las prendas lowcost mi cajón se llenó de sinsentido con camisetas de temporada con textos en inglés vanos de significado e ilustraciones que no había Dios que las entendiera. Con el tiempo pillé especial tirria a las que se limitaban a plasmar el nombre de una ciudad, una cifra al azar y una ilustración porque sí.

Pero la vida te deja de vez en cuando calcular tus movimientos en esta materia y sabes elegir una prenda que te representa al 100%. Camisetas que luces como si se tratara de una bandera ondeante. Camisetas con himno, con memoria e historia.

En mi caso me desvirgué en estas lides con las primeras camisetas de bandas. Vivir en un pueblo lejos de tiendas especializadas sólo te dejaba la opción de pedirlas por catálogos como Discoplay o Tipo para que te las mandaran por correo, ya que por aquel entonces Internet no existía.

Vestir una camiseta negra con un estampado de dudosa calidad era el mayor acto de rebeldía que un adolescente podía cometer. El destello generado al fracturarse el primer eslabón de las cadenas que atan tu armario al útero de tu madre. La primera ficha de dominó que se deja caer sobre el resto de tus prendas y que hará que te empieces a plantear ir a comparte ropa con tus colegas.

Años después esas camisetas se transformaron en camisetas de baliza generacional. Las nuevas incorporaciones al cajón reflejaban las imágenes de una nostalgia de corto alcance. Lucir una camiseta con un logo de un producto de tu infancia, con fotos de actores en unas series que jamás se repondrán o de unos cómics de los que nadie conocía su existencia hasta que sacaron la película, eran tu carta de presentación a la sociedad. Te situaban en el tiempo y en el espacio, y mirabas a las camisetas de la gente buscando la que complementara a la tuya, con la esperanza de transformar a su portador en tu posible media naranja.

Más tarde llegó el momento de buscar algo más allá de una localización. Necesitabas encontrar una voz. Es entonces cuando aparecen las camisetas gráficas en tu vida. Las frases ingeniosas, las ilustraciones sencillas y evocadoras y los gags inmediatos buscaban una vez más ser una extensión de tu persona. Ahora ya podías hablar al mismo nivel que tu prenda y juntos formabais un equipo perfecto barriendo las calles en busca de quien te dijera “¡oye, me mola mucho tu camiseta!”. Y mientras tu boca decía “gracias” en tu cabeza tronaba un triunfante “LO SÉ”.

Pero esa fase también pasa. Ahora mis camisetas no tienen que ser especialmente graciosas porque ya no necesito que hablen por mi. No quiero que su aura repercuta en los demás, sólo en mi. Quiero sentirme seguro y vestir algo que me haga feliz. Es cuando llegamos a las camisetas de diseño. Camisetas de tirada corta, exclusivas, respetuosas con el medio ambiente… Ahora es la camiseta la que se nutre de ti. Ilustraciones de autores que conoces personalmente o admiras muchísimo, mensajes que rozan la micropoesía y en la cima reinan las camisetas diseñadas por ti.

Si llegado a este punto de tu vida sabes cortar y coser un patrón, o si sabes de alguien que estampe tus diseños ¿Por qué no convertir tu cajón en tu diario, tu galería de arte, tu álbum de fotos…?

Yo estoy en este punto. Mi mujer me pide que seleccione algunas telas o que pinte algunas camisetas. Yo estoy imprimiendo mis propios diseños con La Vinileta en tiradas cortas para venderlas en mi tienda online o a amigos. Gente que realmente entienda lo que hago. Y entre ella y yo estamos creando un rinconcito en el armario de nuestro hijo de camisetas con las que se siente feliz. Feliz porque son de sus colores preferidos y con sus cosas favoritas en los estampados o en la ilustraciones. Pero sobre todo porque ningún niño tiene una camiseta igual. Una camiseta que él mismo ha perpetrado junto a sus padres.

Echando la vista atrás veo que hay experiencias en manga corta que no he vivido como vestir con orgullo la camiseta de mi equipo de fútbol el día de su victoria o lucir las camisetas que compré como souvenir en mis viajes por el mundo. Pero sí atesoro experiencias con ellas que muchos no vivirán. Como por ejemplo las camisetas que reservaba para subirme a un escenario para dar un concierto o para ponérmelas cuando quería llamar la atención para vender cómics. El uso de tus camisetas no deja de ser un reflejo de la manera en la que has decidido vivir.

Hay quien dice que la madurez pasa por abandonar la camiseta y vestir camisa. Yo he vestido ambas y siempre he vuelto a las camisetas para librarme de los botones y las pinzas. Para huir de la plancha y las rozaduras en el cuello. Hay quien se quedó a medio camino vistiendo polos y quienes volvieron atrás y dejaron que sus parejas los vistan y los definan como en su día hicieron sus madres.

Yo veo a mi padre vistiendo orgulloso las camisetas que le regalo y sólo puedo pensar que ojalá ese sea el último y más perfecto de los pasos.

Una palabra vale más que mil imágenes

Una palabra vale más que mil imágenes

Opinión Proyectos Redacción

Vamos a desengañarnos. Una imagen vale más que mil palabras, pero sólo en ciertos casos.

Dejemos de loar a la imagen en detrimento de la palabra. Estamos en al era de la inmediatez y nos han educado para que el estímulo visual sea esencial para percibir sin volvernos locos toda la información que nos bombardea en el día a día. Pero pese al poder que tiene la imagen, estoy seguro que jamas ha habido tanta gente leyendo contenidos.

Por supuesto estos contenidos escritos no son de una calidad literaria reseñable. Una conversación de Whatsapp, un estado de Facebook o las características de un producto en una tienda online no son dignas de recibir un Premio Nobel de Literatura. Pero es que tampoco todas las imágenes que nos llegan a lo largo del día son dignas de ser expuestas en el Museo del Prado.

Ni la foto de la sobrina de tu compañera de trabajo vestida de flamenca que tiene puesto de fondo de pantalla en el ordenador de la oficina, ni el meme del negro extraordinariamente dotado que ha pasado tu cuñado al grupo de la familia, ni los logotipos infumables de empresas de dudosa calidad que ves cuando pasas en coche por el polígono industrial, harán que caigas fulminado al suelo a causa de un Síndrome de Stendhal.

Profesionalmente y personalmente trabajo generando o seleccionando entre diferentes procesos para conseguir destacar una imagen por encima del ruido visual, y puedo aseguraros que muchísimas ocasiones la fascinación por la imagen suele ser un trayecto de ida y vuelta.

He hablado con profesionales y creadores de contenido visual, y coincidimos que la pasión que se generó en nosotros cuando descubrimos el mundo audiovisual, la pintura o el cómic (y que hace que dejemos a un lado una narrativa tradicional) pasa a vivirse de otra manera con el tiempo.

Al igual el amor de largo recorrido no puede quedarse para siempre en ese primer estadio de furor y hormonas, la pasión por la imagen rara vez se queda en ese estado de fascinación y experimentación inicial. Con el tiempo y la experiencia se va relajando hasta convivir con otras maneras de expresión. Sólo llegados a este punto podemos observar el poder real de un grupo de palabras.

No es raro ver que creadores de imágenes como fotógrafos, dibujantes o cineastas llegado un momento se ponen a escribir un relato, un poema, un guión o una novela. Y en parte es porque la palabra es un recurso mucho más sencillo y accesible a la hora de transmitir una idea que si lo abordáramos por otras vías. Si optamos por esos otros caminos posiblemente habría que aprender una técnica, pagar unos medios o desplazarse a unos lugares quedan lejos del alcance de algunos creadores ya sea por dinero, tiempo o esfuerzo. Muchos de ellos han cambiado de oficio y se han transformado en novelistas, poetas o autores narrativa gráfica o infantil.

Personalmente me di cuenta repasando cuadernos antiguos. Me fijé que los primeros estaban llenos de dibujos, esquemas o recortes, y poco a poco esos espacios eran ocupados por anotaciones, listas o pequeños párrafos.

Ampliando ese enforque me fijé en mis intereses profesionales, que en un principio se centraban en la ilustración, el diseño, la fotografía o la narrativa audiovisual y que poco a poco han ido volcándose más en la redacción o el naming.

Esto no quiere decir que no me guste la imagen, pero digamos que he aprendido a amarla de otra manera. Ya no me apetece meterme entre sus piernas a la primera de cambio, sino compartir con ella momentos brillantes de auténtica complicidad y compenetración… y de vez en cuando tener sexo duro y sucio con ella, claro.

Esta reflexión puede que os parezca una chorrada pero, para alguien que pasa tanto tiempo trabajando con imágenes y palabras, es como cuando vuestra pareja os dice “cariño, tenemos que hablar”. Efectivamente amigos, yo también estoy tan emocionado como acojonado. Pero os aseguro que veréis algo de revuelo en mis miserias al hilo de este razonamiento.