Sobre «Comepoco»

Sobre «Comepoco»

Los cuentos de Fermín Proyectos Redacción

Comepoco es el primero de «Los cuentos de Fermín» y posiblemente una de las historias que más le gustaron. En esta entrada anterior os expuse cómo se originó el proyecto y dónde nos llevó, pero Comepoco fue el que comenzó todo esto por muchos otros factores.

Fermín (que por aquel entonces tenía casi 3 años), comenzó a tener miedo de los monstruos. Veníamos de una semana de pesadillas tras el bombardeo previo a halloween, pero aquellos días insistía con los fantasmas. Sospechaba que se escondían en cualquier lugar de la casa y que podían asustarlo en cualquier momento.

Esa noche mi mujer trabajaba hasta tarde y ambos estábamos sentados en la cocina cenando. Él me decía que no quería irse a dormir porque tenía miedo de los fantasmas, así que aparté mi plato y acerqué el taco de papeles reciclados que usábamos para hacer la lista de la compra, un edding negro a medio gastar y unas ceras gruesas del Imaginarium que él no dejaba de utilizar por aquel entonces. «No deberías tenerle miedo a los fantasmas. Te voy a contar un cuento sobre uno», le dije.

Uno de los grandes logros de Fermín en su etapa en la guardería era que estaba siempre abierto a probar cualquier fruta o verdura mientras que sus compañeros eran más reacios. Así que monté la historia sobre aquello.

Un aprendiz de fantasma que odiaba comer frutas y verduras y que se da cuenta de que no es capaz de asustar a los niños que las comen.

Mientras le iba contando el cuento él iba comiéndose su puré de verduras y yo iba ilustrando en aquellos trozos de papel lo que ocurría en la historia.

Fermín estaba muy entregado interactuando a las preguntas que le iba haciendo y que influían en la trama (como el hecho de que él mismo apareciera en el cuento) o diciéndome lo que tenía que dibujar. Mientras iba desarrollándose notaba cómo se iba relajando. Aquello estaba funcionando.

Al terminar el cuento estaba eufórico. Me preguntó si ese cuento lo había leído en algún sitio y le dije que no. Aquel cuento lo habíamos inventado entre los dos entre cucharada y cucharada.

Comepoco - bocetos

Cuando llegamos a la cama me pidió que le contara otro y le dije que ya no teníamos luz para dibujar ni mesa para apoyarme, así que lo dejaríamos para el día siguiente. Lo aceptó pero me pidió que le contara de nuevo el cuento mientras iba jugando con los dibujos. Así lo hice.

Aquella noche no tuvo ninguna pesadilla. Pudimos dormir tranquilamente toda la familia.

A la mañana siguiente ordenamos los dibujos, los numeramos y los grapamos para convertirlos en un pequeño libro. Él mismo le contó a su madre el cuento en cuanto tuvo oportunidad. A la vista de lo sucedido decidí hacer un trato con él: le contaría todos los días un cuento sobre un personaje que temiera para que se diera cuenta de que no debe tenerles miedo. De esta manera nacieron «Los cuentos de Fermín».

Durante las siguientes semanas continuamos con los personajes terroríficos que él elegía. Una momia, un vampiro, una bruja, el hombre invisible… Todos tuvieron su cuento, pero muy pocos de ellos fueron reclamados para que se lo contara de nuevo en la cama. Comepoco fue de lejos uno de los más solicitados.

Comepoco - mesa

Otra de los temas que se trataban en el cuento era el propio miedo. Por un lado están personajes que causan miedo y que pueden sentirlo también. Eso los hacía más cercanos y vulnerables. Por otra parte traté una situación en la que el personaje tiene que parar para reflexionar sobre su problema y encontrar una solución afrontando sus temores. Esta última situación nos ha servido de ejemplo para ilustrar muchos otros problemas a los que Fermín se ha tenido que enfrentar más tarde.

Este fantasma (en una versión más refinada) apareció como guiño en la invitación a la fiesta de su tercer cumpleaños que hice para mandar por Whatsapp a los padres de sus compañeros un par de meses después. A las puertas de las navidades les dijimos que podían venir a su cumpleaños vestidos de monstruos. Y aquel fue el final de las pesadillas recurrentes y los miedos a los monstruos. Todos tenían su pequeña historia que los sacaban de las sombras para hacerlos más cercanos y entrañables.

Comepoco - invitación

A lo largo de estos tres años hemos ido puliendo detalles. Aparece una bruja en el cuento que Fermín decidió que sería la protagonista de otro cuento. La historia pasó de llamarse «El fantasma Comepoco» a tan sólo sólo «Comepoco». Hemos ido añadiendo y restando ingredientes a los diferentes platos que aparecen en el cuento. Cuando Fermín cumplió 5 años cerramos la versión definitiva junto al resto de los cuentos de la colección, y pronto pasamos de contar cuentos a leer cuentos.

…Y ahora compartimos esta historia con vosotros.

Compeoco - portada completa
Está estructurada como un cuento ilustrado de 8 páginas (más cubiertas) y redactado en español para que un adulto se lo lea a un niño o una niña de 3 a 6 años (básicamente porque comprende las edades en las que se lo he contado a Fermín). También está registrado y distribuido bajo la licencia Creative Commons, para que pueda ser compartido y remezclado siempre que se cite la fuente original y mientras no sea para uso comercial.

Podéis adquirir Comepoco en la tienda en versión digital (PDF) por un mínimo de 3€ y un máximo de 30€. He dejado el precio abierto para que paguéis lo que consideréis justo y aportéis al proyecto lo que creáis oportuno. PULSAD AQUÍ PARA IR AL PRODUCTO DIRECTAMENTE.

Tanto Fermín como yo esperamos de corazón que os guste. Y si no os gusta, al menos lo habréis probado 😉

Los cuentos de Fermín

Los cuentos de Fermín

Ilustración Los cuentos de Fermín Proyectos Redacción Tienda online

Hace tiempo que llevo planeando cómo hacer esto correctamente. Llevo casi cuatro años enfrascado en uno de mis proyectos más personales para que destile todo el cariño y el mimo con el que se ha gestado. Pero nunca encuentro el momento ni la situación adecuada. Eso va a cambiar pronto porque creo que no puedo alargar esta espera mucho más. Muy pronto comenzará su andadura «Los cuentos de Fermín».

Este proyecto nace cuando en Halloween de 2017, mi hijo Fermín comenzó a darse cuenta de que aquellos personajes que se representaban en cualquier manifestación sobre esta festividad eran monstruos que causaban terror. Inmediatamente comenzó a tener pesadillas con fantasmas, vampiros, brujas, etc. Mi mujer y yo hablábamos con él y hacíamos actividades para familiarizarlo con esos personajes: Disfrazarnos de ellos, dibujarlos haciendo cosas ridículas, ver animación infantil que los incluyera… pero nada servía.

Una noche se me ocurrió inventarme un cuento sobre uno de estos personajes e ir ilustrándolo a tiempo real mientras lo contaba. Intenté humanizarlo y lo asocié a los problemas que él mismo encontraba en su día a día, e incluso les dábamos nombres de personas de nuestro entorno para haceros más familiares. Al terminar él estaba encantado. Al llegar a la cama me pidió que se lo repitiera mientras hojeaba los dibujos que había hecho.

Cuando terminé le propuse un trato. Todas las noches al acostarse le contaría un cuento que me inventara siempre que uno de sus protagonistas fuera algo o alguien que le causara pesadillas.

Y así fue. Durante unas semanas nos fuimos inventando cuentos. Él planteaba la situación inicial o el personaje a tratar y yo estructuraba el relato conforme lo iba contando. Él podía intervenir en cualquier momento y añadir un giro o un personaje. Esto dio lugar a que los cuentos se entrelazaran al empezar a aparecer personajes de otros relatos que ya habíamos inventado. Así creamos un pequeño y personal universo.

Desde aquel momento Fermín dejó de tener pesadillas con monstruos a tener sueños con ellos. Pero la cosa no quedó ahí.

Fermín pronto se cansó de que los cuentos se ciñesen a personajes terribles. Así que pronto incorporamos animales, personajes de cuentos clásicos, personas reales y crossovers con series de animación que veía habitualmente. También abrimos el espectro y empezamos a inventarnos poesías, trabalenguas, adivinanzas… Y ya no era suficiente uno cada noche, sino que aceptamos el reto de inventarnos dos por noche.

Durante tres años ese fue nuestro día a día. Pero, aunque todas las noches había nuevas emociones, de vez en cuando me pedía que recuperásemos algún cuento que le hubiera gustado especialmente. Y fue entonces cuando me di cuenta de que sería maravilloso conservar esos cuentos destacados para que no se perdieran en aquel mar de historias.

De esta manera comencé a redactar los cuentos que más se repetían, hasta completar un buen puñado de ellos. Cuando los tenía escritos se los leía de vez en cuando por si quería añadir algo más o se me olvidaba algún matiz que él consideraba destacable.

También me pedía que le contase aquellos cuentos a familiares, e incluso él mismo los contaba en su colegio cuando tenía la oportunidad. Así que decidimos que quizás fuera buena idea publicarlos de alguna manera y compartirlos para que otros niños también pudieran disfrutarlos.

Por aquel entonces uno de sus libros favoritos era «Pájaro Amarillo» de Olga de Dios porque cuando estaba en la guardería fui a leérselo a sus compañeros de clase. Así que todo aquello de compartir lo tenía a flor de piel.

Durante un tiempo dejé el proyecto aparcado tan sólo para revisar los textos en varias ocasiones para adaptarlos a un lenguaje escrito comprensible para niños de su edad. En 2020 llegó la pandemia de la Covid-19 y pasamos muchísimo tiempo juntos en casa. Así que decidí retomarlo para cerrar una maquetación e ilustrar el primero de los cuentos. El elegido fue aquel primer relato que compartimos entre cucharada y cucharada de puré de verduras.

Intenté dedicarle todo el tiempo y el mimo que me fue posible. Incluso, decidí hacer un pequeño logo de la colección digitalizando las fichas que Fermín hacía en la guardería y hacerme con un pequeño alfabeto de aquellas primeras letras que comenzaba a garabatear. Con ellas escribí el título de la colección para que su presencia en ella fuera aún más palpable.

Invitación 3 años

Esta fue la ilustración que hice para la fiesta de su tercer cumpleaños.

También fabriqué una brocha digital y testé el estilo en algunos proyectos como en el reto de Puño, el mi aportación a «Follar en tiempos de COVID» de Sextories (así como en las viñetas que hice para su Sextreaming Party), en algunas piezas personales y en algún proyecto que aún no puedo desvelar. Para los colores usé las gamas que ideé para las invitaciones a su tercer y cuarto cumpleaños.

Sin demasiadas pretensiones lo estructuré como un cuento ilustrado para que los padres se lo contaran a sus hijos a pie de cama, tal y como yo hice en su día. Mi intención era en ese momento publicarlo en este blog con descarga gratuita bajo licencia de Creative Commons, pero casi todos me recomendaron que tentara a alguna editorial.

No sé si estáis al corriente, pero el panorama editorial infantil es muy jodido. Las editoriales reciben manuscritos a espuertas y la mayoría de ellas ha optado por abrir concursos donde lavarse las manitas y no tener que justificar cada uno de los trabajos rechazados. Además, las condiciones son bastante chungas en cuanto a dotaciones económicas y condiciones de royalties sobre tiradas ridículas para no pillarse los dedos.

Como es ya normal en el sector, el autor o autores sólo perciben un 10% del precio de cada ejemplar vendido (5% si sólo has ilustrado o escrito el cuento a compartir con ilustradores que suelen estar en nómina de la propia editorial). A eso se añade el pifostio de las presentaciones, la distribución, las copias que te «dan» para que tú las vendas como buenamente puedas, y todas las manitas que vienen a cambiar el contenido de lo que has presentado.

El panorama es desalentador para los autores, que obtienen unos beneficios mínimos por unas obras que sin ellos no habían existido. La mayor parte del pastel se las reparten quienes comercian tan sólo con el papel y la tinta.

Mi recopilación de cuentos no entraba en los formatos más rentables para las editoriales. No eran álbumes ilustrados dirigidos a primeros lectores o a padres nostálgicos. Yo no era ningún influencer ni tenía nada reseñable publicado en este nicho. Así que no me sorprendió cuando mandé el manuscrito y el proyecto a más de 40 editoriales y ninguna me dio una respuesta positiva.

La mayoría de ellas tardaban meses en responder, y cuando lo hacían era para decirme que tumbaban mi proyecto o que me planteara adaptarlo para participar en uno de sus concursos.

Es cierto que hay editoriales que están abiertas a publicar manuscritos tal y como vienen, pero normalmente te proponen una coedición. Eso supone que tú, además de cobrar una miseria por tu trabajo como autor, tiene que hacer un gran porcentaje del trabajo que debe desempeñar una editorial. Y en menos de lo que te esperas estás llamando a las librerías para intentar cerrar una presentación mientras le suplicas a la editorial que te manden un os ejemplares y algo de eco en sus redes para que venga alguien.

Me di 6 meses de plazo para que alguien se interesara por «Los cuentos de Fermín» o al menos por ese primer cuento. El plazo terminó en septiembre de 2021, y fue entonces cuando tomé conciencia de que tocaba una vez más aferrarse a la autoedición. El fanzinero en mí despertó de su letargo.

Ahora que había escogido la vía de la autoedición me tenía que plantear retomar la idea de la descarga en PDF ¿Sería bonito que estuviera editado en papel y que los niños pudieran tocar y hojear el cuento? Sí ¿Estaba dispuesto a imprimir un número de copias y almacenarlas para luego enviarlas por correo o entregarlas en mano a cada comprador? Las pilas de camisetas que siguen encerradas en mi armario indicaban que no era la mejor opción. Pero visto lo visto no quería que fuera gratis.

El trabajo de creación, redacción, ilustración, revisión, maquetación y promoción no deberían ser gratis. No es justo que el trabajo de un autor se distribuya felizmente en detrimento del panorama para los creadores, ya jodido de por sí. Si quería dedicar tiempo y energías en continuar la colección debía ponerlo en valor. Así que tomé una decisión: dejar un precio abierto con un mínimo cerrado.

No voy a comenzar un crowdfunding un Verkami porque no creo que sea un proyecto que necesite tan sólo financiación. No voy a abrirme un Patreon porque terminaría decepcionando a todos los mecenas por no compartir con ellos tanto material ni con la asiduidad necesaria. Y lo del Ko-Fi, viendo mi repercusión en redes seguro que no me llegaría ni para manchar la leche. De manera que la manera de apoyar tanto al proyecto como a los autores está en el precio. Es como pedir un mínimo y «la voluntad».

El mínimo lo he establecido calculando lo que cobraría un autor e ilustrador si lo publicara con una editorial (un 10% del precio final, como he comentado antes). Además, he añadido un margen más por lo que cobrarían un diseñador y un publicista por darle forma y promocionar el cuento dividido entre una tirada de 1000 ejemplares que pudiera hacer una editorial (siendo muy generosa). El precio total del mínimo será de 3€, pero he establecido un máximo de 30€ para que el comprador pague el precio que considere justo por la obra sin volverse loco. De esa manera puede formar parte de esta aventura.

Ya sólo queda anunciaros que el primero de los cuento verá la luz a principios de diciembre y que lo anunciaré a bombo y platillo cuando llegue el momento. Lo podréis comprar y descargar a través de mi tienda online.

Espero que os gusten los cuentos. Tanto a Fermín como a mí nos hace muchísima ilusión que este proyecto salga adelante. Y ¿quién sabe? A lo mejor leyéndolos también dejáis de tener pesadillas.

Fin de la cita – Colectivo Miga

Fin de la cita – Colectivo Miga

Colectivo Miga Redacción

En 2015 las citas de personajes célebres era el alfa y el omega del community manager. No había día que no te encontraras en twiter una ristra de frases entrecomilladas como quien colecciona los sobres de azúcar de la cafetería más moderna del polígono industrial más cercano.

A la vista de semejante sobredosis, decidí escribir un pequeño relato para Colectivo Miga donde un community manager de renombre destapaba la escalofriante realidad detrás del constante flujo del ingenio de estos personajes relevantes de la historia. Lo malo es que lo hace en un momento crítico. A partir de ese momento cada cita publicada tendrá un valor incalculable.

Si eres una amante de las compiranoias ridículas, no dudes en echarle un vistazo a este texto que escribí para el blog de Colectivo Miga. Puedes encontrarlo en su web o a través de este enlace. Lleva como título Fin de la cita.

Aquí me derrumbé

Aquí me derrumbé

Redacción

Aquí me derrumbé.

Recuerdo un repentino viaje a casa de mis padres cuando aún no había cumplido los 30. Era un día de niebla cerrada en invierno.

Di un paseo hasta la playa cuando ya el sol se había puesto y allí mismo (aquí) rompí a llorar. No podía ni quería reprimir mi llanto.

Nunca supe el motivo, pero cuando volvía a casa secándome las lágrimas me sentí libre de una carga que no sabía que llevaba a cuestas desde hacía mucho tiempo.

Desde entonces he revisitado esa escena mil veces en mi cabeza cuando necesitaba recuperar la calma o sentirme en paz.

Hace unos días regresé paseando hasta aquí con la esperanza de sentirme más ligero, pero sólo volví con la certeza de que lo que buscaba ya no puedo encontrarlo en ningún lugar más que en mis recuerdos.

Quizás no quisiera buscar un sitio, sino la sensación al volver a casa de que aún no he cumplido los 30 y me quedan tiempo y energías para no cometer los mismos errores durante los siguientes años.

VIVALANOVIA

VIVALANOVIA

Redacción

Conocemos bien a Lía y todas sabíamos que su boda no iba a ser en absoluto convencional. Justo por eso nos sorprendió cuando nos pidió expresamente que en su despedida de soltera se cumplieran todos los tópicos. Así que hicimos realidad todos sus deseos.

Reservamos una pequeña discoteca en una pedanía, fletamos un minibús y lo llenamos de un bullicioso grupo de mujeres ávidas de alcohol, pachanga y bromas sexuales burdas y humillantes. Todas con sus bandas de misses sobre los uniformes de sábados locos que hacía tiempo que acumulaban polvo en sus armarios. Entre todas ellas estábamos yo y mi minifalda de punto.

Lía era pura energía enfundada en unos shorts vaqueros y una camisa anudada a la cintura. Llevaba una bochornosa diadema con un velo que daba urticaria sólo con verlo y una enorme polla de plástico coronando aquella estampa. Ella la lucía con orgullo, como si fuera la corona de una reina, mientras las copas de cócteles de diferentes colores se vaciaban en sus manos.

Llegó el momento de los regalos y los chistes baratos. Unas esposas de leopardo porque no va a poder ser libre nunca más, una polla que baila cuando le tocas las palmas para cuando necesite animarse solita y, el regalo estrella, un succionador de clítoris. Al sacarlo de la caja la empuñó como una espada y el grupo al completo rompió en una enorme ovación

De repente las luces y la música se apagaron, con el consiguiente “¡uuuuuh!” de las invitadas. Comienza a sonar “You can leave your hat on” y al encenderse las luces, sobre la barra, se empieza a contonear un stripper sobremusculado disfrazado ridículamente de policía. Un cliché más que tachamos de la lista de Lía, que se lanzó sobre aquel chico aullando como una loba hambrienta y tirando al suelo algunos vasos de tubo por el camino.

Ese fue mi límite. Dejé mi copa en una mesa alta y me fui a los servicios hasta que pasara el bochorno. Me lavé las manos y, al mirarme al espejo, me recordé a mi misma hace años. Entré en uno de los reservados, me senté en el váter y cerré la puerta con pestillo.

Al momento sonó un golpe y se abrió la bruscamente puerta de los servicios.

– ¡EH! ¿¡Estás ahí, guapa!?-tronó una voz.

La reconocí al instante. Era Lía, que intentaba poner voz de hombre.

– Te he visto ahí fuera y he pensado “¡Uh, esa pava está bien rica!”.

Me hizo gracia, así que decidí seguirle el juego.

– Ya me he dado cuenta… Yo también me he fijado en ti mientras bailabas con la borracha de mi amiga-dije.

– ¡De lujo! Porque te he seguido hasta aquí para… para darte lo tuyo y lo de tu amiga.

– Pues pasa y demuéstramelo. -quité el pestillo de la puerta aguantando la risa- Aunque no te lo creas, llevaba un rato esperándote.

Repentinamente se abre la puerta y veo a Lía con un gesto chulesco y la ridícula gorra de policía que llevaba el stripper. La camisa desabrochada dejaba entrever su pecho y de la bragueta de sus shots asomaba la polla de plástico de su diadema que, de alguna manera, había colocado allí.

Rompí a reír a carcajadas, pero de repente Lía se abalanzó sobre mí besándome profundamente mientras me agarraba con seguridad la cabeza. El sabor dulzón de los cócteles invadió mi boca junto a su lengua, que jugueteaba atropelladamente con la mía.

Subida a horcajadas sobre mí, paseaba sus manos por mi pelo. Mientras, sin separar nuestros labios, movía las caderas describiendo círculos como si me estuviera follando. Notaba mi corazón acelerado y abracé la cintura de mi amiga, que se resbalaba entre mis manos por culpa del sudor y la brillantina.

Con un movimiento paseó la punta de su lengua por mi cuello hasta mi oreja y me mordió el lóbulo con feroz ternura.

– Vamos a ver si esto tiene pilas-me susurró al oído.

Oí el zumbido de una vibración, vi el succionador en sus manos y me saltaron las alarmas.

Estábamos en los servicios de una discoteca de pueblo y no era difícil que cualquiera entrara y nos descubrieran haciendo… lo que estuviéramos haciendo.

– ¡Rosalía…!-grité como una madre enfadada mientras me ponía de pie rápidamente.

Lía resbaló por mis piernas y se agarró a mi falda de punto, que tenía subida como si fuera de cinturón. Yo tropecé al enredarme con las bragas que tenía en los tobillos y las dos caímos cómicamente al suelo. Mirando al pladur de aquel techo rompimos a reír tumbadas boca arriba la una junto a la otra.

Mi amiga está como una puta cabra y justo por momentos así la quiero tanto. Estoy deseando que llegue nuestra boda y podamos estar toda la vida haciendo juntas locuras como esta.

RETOURANTE

RETOURANTE

Redacción

“¿MAÑANA RETOURANTE? SÍ (ÁBREME) – NO (DÉJAME)” fue el mensaje sobre una cajita que encontré en la mesilla de noche.

Ir de “retourantes” consistía en que Mateo y yo dejábamos a los niños con la canguro, salíamos a cenar e intentábamos sorprendernos con retos subiditos de tono para terminar follando por todo lo alto en un hotel. Así evitábamos despertar en casa a los peques y dar que hablar a algún vecino que otro.

Abrí aquella caja y encontré un huevo vibrador y una tarjeta magnética con el logotipo de un hotel. Me sentí algo decepcionada porque o del huevo ya lo habíamos hecho, pero decidí seguir adelante porque hacía tiempo que no nos montábamos un retourante y me apetecía cenar fuera.

Al día siguiente nos dirigimos a la última planta del hotel en el ascensor. Al abrirse las puertas estábamos en el restaurante más lujoso que jamás haya pisado. La decoración me pareció exquisita y todo estaba cuidado al detalle. La música suave, la iluminación íntima… Todo era perfecto. Hasta los camareros parecían sacados directamente de una pasarela.

Uno de ellos nos acompañó a nuestra mesa. Al sentarnos miré fijamente a Mateo y, con los ojos muy abiertos, le dije en voz baja, “¿PERO-QUÉ-ES-ESTO?”. Él se encogió de hombros y me sonrió. Sin apartar la mirada de mis ojos sacó del bolsillo de su chaqueta el pequeño mando del huevo y lo colocó en la mesa bajo su servilleta. Yo abrí la boca mostrando mi sorpresa y él me guiñó cómplice un ojo.

Volvió nuestro camarero con la carta de vinos. Mateo eligió uno y le comentó que teníamos el menú cerrado, así que se retiró, nos pusimos las servilletas en el regazo y el huevo comenzó a vibrar.

Era una vibración suave, pero tampoco necesitaba mucho más. Hacía mucho que no sentía aquella sensación, y la novedad y la emoción acumulada hicieron que pronto se me subieran los colores sin haber ni siquiera probado el vino.

Ya me estaba acostumbrando a aquella sensación cuando nos sirvieron los entrantes y, de repente, la vibración se hizo más intensa. De la sorpresa me temblaron las manos un poco y golpeé la base de la copa con el plato. Mi marido al escucharlo y arrimó su silla a la mesa. Quería estar seguro de ver el espectáculo en primera fila.

Nuestro absurdamente guapo camarero vino de nuevo a retirar los platos y Mateo de nuevo subió la intensidad. En ese momento supe lo que pretendía. Quería que esta vez nos pillaran. El corazón se me aceleró por el cambio de velocidad, pero también por la emoción al saber cuáles eran sus intenciones reales.

Durante el primer plato fui degustando un delicioso guiso de pescado, pero lo que realmente estaba disfrutando era mirar fijamente a mi compañero de mesa. Dejando que me viera excitarme, moviendo muy ligeramente mis caderas para que no apartara sus ojos de mi, notando cómo observaba el rubor en mis mejillas y mis labios estremeciéndose. Por otra parte yo empezaba a notar cómo mis bragas de encaje se humedecían bajo mi vestido.

Vi de nuevo salir a nuestro camarero de la cocina y ya sabía lo que me esperaba. Venía el segundo plato y seguro que mi marido aprovecharía para intentar que nos descubrieran. Efectivamente. Al poner una fuente con arroz impecablemente presentada en la mesa se activó el siguiente modo. Yo esperaba un aumento de la intensidad, pero no. Ahora la vibración además de ser más fuerte era intermitente, emitiendo un sonido parecido al de un teléfono silenciado.

El camarero me miró de reojo y yo, como pude, saqué mi móvil de mi bolso para disimular ¿Lo había escuchado? ¡No podía ser! La vergüenza y la excitación al sentir aquella vibración en mi coño hizo que me pusiera colorada. Con una voz entrecortada sólo acerté a decir “¡Va-vaya, le dije a la niñera que no me llamara si no era urgente!”. El atractivo camarero me hizo un gesto de comprensión con una pequeña sonrisa y se fue.

“¡Te voy a matar!” dije gesticulando a mi marido. Se rió amablemente y me tendió su mano. La tomé temblorosa. Noté que su mano estaba cálida y suave. Recordé al mirarlo a los ojos que, cuando éramos sólo novios, no perdíamos ninguna oportunidad de meternos mano en cualquier esquina. Pero no hubo mucho tiempo para la nostalgia porque de repente sentí una tremenda oleada de placer. Apreté su mano y me temblaron las piernas. Mis caderas dieron un pequeño espasmo. Me corrí. Me corrí como jamás lo había hecho. No sé si fue  por la vibración o por la excitación. Lo único que pude hacer es morderme el labio y esperar que nadie me hubiera visto.

Mateo me miró sonriente, travieso y claramente tan excitado como yo. Se acercó a mí y me besó tiernamente en la mejilla. Aproveché su proximidad para susurrarle “No sé si podré aguantar mucho más ¡Vámonos YA!”. Estaba loca por llegar a la habitación, comérmelo a besos, desnudarnos atropelladamente y follar con él hasta que nos llamaran de recepción para decirnos que la habitación de al lado se ha quejado por mis gritos.

Él asintió con la cabeza. Le hizo un gesto a nuestro camarero y se levantó rumbo al ascensor. La vibración cesó. Sentí un tremendo descanso porque me dio la impresión de que los clientes de una mesa cercana empezaban a sospechar algo.

Cuando intenté levantarme para coger mi bolso el camarero se acercó a la mesa y me entregó una pequeña carpeta. ¿Sería posible que el huevón de mi marido se hubiera olvidado de pagar la cuenta con el calentón? Saqué torpemente la tarjeta de crédito y abrí la carpeta. Me quedé paralizada al ver que en lugar de la cuenta, dentro de la carpeta estaba el mando del huevo vibrador.

“¿Pero cómo…?” balbuceé. Miré al camarero mientras se alejaba y adiviné en él una sonrisa pícara y unos ojos brillantes. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que Mateo no tuvo el mando en ningún momento durante la cena. Se lo dio al camarero cuando se llevó la carta de vinos, y él era quien iba activando los diferentes programas cada vez que se acercaba a la mesa.

El corazón se me aceleró. Nerviosa me dirigí al ascensor, donde me esperaba mi marido luciendo una mirada de orgullo por su ardid. Lo que no sabía era que la noche de retos aún no había finalizado.

Mientras se cerraban las puertas del ascensor pude ver cómo nuestro camarero abría la carpeta y encontraba la llave de la habitación junto con mis bragas.

Una madre en cada agencia – Colectivo Miga

Una madre en cada agencia – Colectivo Miga

Colectivo Miga Redacción

En septiembre de 2015 tuve la idea de incluir en el blog de Colectivo Miga algún relato corto tomando como referencia el mundo de la publicidad, el marketing y la comunicación. La cosa no cuajó demasiado porque el trabajo apremiaba y parecía que tenían más calado los artículos de opinión. A día de hoy me apetece recuperar un poco de aquello y os traigo el primero de los relatos que se publicaron: Una madre en cada agencia.

Esta pequeña historia está inspirada en todo aquel boom de la condescendencia motivacional de empresas como Mr. Wonderful, y que se convirtieron en una auténtica peste en el mundo de la publicidad. Todas las campañas pretendían lanzar consejos sobre cómo vivir la vida de una manera más positiva y amable.

En cierto momento recuerdo pensar que en realidad eran unos consejos de mierda planteados por perdedores como yo y que , puestos a recibir consejos, más valiera que fueran de personas con un bagaje vital más amplio o con una vinculación emocional con tu persona. En resumidas cuentas, que si no vienen de tus abuelos, padres, profesionales con experiencia o amigos que te quieran bien, te puedes meter los consejitos de chcichinabo por le culo.

Sin más os dejo este enlace  al blog de Colectivo Miga para que podáis leer mi breve relato que deja entrever que, si esta fuera la tendencia, todas las agencias deberían meter en nómina a una madre cualificada. Espero que os guste.

Miedo al fuego Amigo – Colectivo Miga

Miedo al fuego Amigo – Colectivo Miga

Ilustración Opinión Proyectos Redacción

Hablando con la gente de Like a Wave sobre el por qué nuestra profesión se encuentra siempre en una posición difícil al negociar con un cliente o al tratar con un proveedor, llegamos a la conclusión de que el problema es la falta de confianza en los profesionales que formamos nuestro gremio.

Por culpa de el miedo no somos capaces de avanzar como colectivo y evolucionar hacia mejores condiciones de trabajo o más ventajas para establecer una relación de igual a igual con otras profesiones y sectores.

Fruto de esa conversación surge el artículo que he compartido en el blog de Colectivo Miga con el titulo «Miedo al fuego amigo» e ilustrado también por mi. Aquí un pequeño extracto.

Si nuestro gremio fuera un animal sería un perro sarnoso, desconfiado y tembloroso que se debate entre la vida y la muerte, y que duda si aferrarse a la vida aceptando el chusco de pan que le ofrece el cliente o lanzarse a su yugular y darse un festín con su cadáver aunque esta maniobra le cueste la vida.

Pero siempre habrá un amigo campechano e ignorante que diga “pero no hace falta que publiquéis nada, podéis hablar entre vosotros. Fijaros en las enseñanzas de los más veteranos y en los conocimientos frescos de los nuevos profesionales”.

Este individuo no ha estado en ninguna charla de freelances o en alguna exposición, de lo contrario sabría que carecemos de esa camaradería, organización o confianza. Porque lo que nos ata las manos es el miedo. Miedo a abrirnos a otros otros profesionales como nosotros y a caer abatidos por fuego amigo.

Para que os hagáis una idea una conversación entre profesionales sobre este tema suele ser así:

– ¡Ey Lucrecia! ¿Cómo andamos?
– Ahí tirando, Ovidio.
– Me alegró mucho verte en el Pechakucha el otro día.
– ¡A ver si quedamos más cabrón, que estás perdido!
– Sí… Oye, una cosa ¿Te acuerdas que me dijiste que estabas trabajando con una marca de grandes almacenes?
– Sí, claro.
– Es que un cliente parecido me ha pedido presupuesto y quería saber tu opinión. Te mando por mail las cifras.
– ¡Ah!… vale… (se esfumó el buen rollo)
– ¿Cómo las ves?
– Bien… pero yo pediría más.
– ¿Como cuánto más?
– Pues… algo más.
– ¿Tú cuánto le cobras a tu cliente?
– Hombre, son situaciones distintas…
– Ya ¿Pero cuánto?
– Bastante más.
– ¿Me puedes decir la cifra?
– ¡Uy! Ojalá pudiera… Pero ya sabes…
– Entiendo, gracias de todos modos.
– ¡A mandar!
– Un abrazo a Patricia y a los niños.
– ¡De tu parte monstruo!

Puedes leer el artículo completo PULSANDO AQUÍ.

Camisetas 1000×0001

Proyectos Redacción Tienda online

Ya os he hablado de mi reflexión sobre el poder de síntesis de las palabras frente a las imágenes. Pues bien, a partir de esta premisa comencé a trabajar en una pieza que asentara este concepto y concluí en hacerlo con camisetas. Hay muchas de ellas que se han convertido en iconos culturales aunque las imágenes que se ven en ellas pertenezcan a otros soportes.

Todos hemos pillado ofertas de camisetas míticas en Tipo o Discoplay (sí, aún existen), las hemos comprado de dudosa factura en mercadillos (las que mostraban el logo de Metálica con su tilde y su ele) o vuelto a adquirirlas cuando algún gigante textil ha vuelto a ponerlas de moda (a rebufo de los millennials).

Ellas representan ya parte de la historia de la humanidad, traen recuerdos a nuestras cabezas y transmiten valores personales. Pero por encima de todo son imágenes icónicas reconocibles por todos, y se pueden transmitir fácilmente con un puñado de palabras por muy complejas gráficamente que puedan ser.

Tan sólo con leer esas palabras visualizaréis a la perfección cada trazo que componía esa imagen, esa ilustración o ese logo, e incluso os traerán los mismos recuerdos y sensaciones. Como la bronca que te echó tu padre cuando vio en aquella camiseta la primera quemadura de cigarro, lo bien que le sentaba a aquella chavala con la que posiblemente tuviste el mejor sexo de tu puta vida o el trauma que supuso que tu madre la hiciera desparecer el día que le cortaste las mangas para estar «tan fresquito como tus colegas».

Me documenté en profundidad hablando con mucha gente y hojeando viejos catálogos. Hice un test con 32 camisetas y decidí hacer un par de ellas reales: La cara del Che Guevara y El escudo de Los Ramones ¡A ver quién no conoce estas putas camisetas! Si cuando tú llegaste ellas ya estaban aquí.

Vosotros, vuestros padres, vuestros hijos y vuestros amigos de Erasmus sabrán qué camiseta es en cuanto la vean porque ya las habéis tenido, las habéis visto o muy posiblemente habréis sido concebidos sobre ellas.

Esta es mi colección de camisetas 1000×0001 (mil imágenes por una palabra).Todas llevan una etiqueta hecha a mano con su numeración (es una serie limitada de 25 camisetas de cada modelo para chico y chica) y están producidas impecablemente por La Vinileta. Están disponibles desde ya en mi tienda online y os las puedo enviar a vuestra celda o entregar en mano si os atrevéis a venir a mi feudo. Si pasáis mediar a través de la tienda podéis contactar conmigo a través de correo, redes sociales o teléfono. Incluiré un par de datallitos personales en los primeros pedidos. Así que ya mismo estáis perdiendo el culo y dándome ese dinero que no sabíais en qué invertir.

Espero que te guste lo que ves y te pilles alguna. Siempre le puedes soltar el rollo de el poder de síntesis de la palabra si vas a ligar con la camiseta puesta. Es posible que folles más a partir de ese momento, pero seguramente no será gracias a la camiseta.

Una palabra vale más que mil imágenes

Una palabra vale más que mil imágenes

Opinión Proyectos Redacción

Vamos a desengañarnos. Una imagen vale más que mil palabras, pero sólo en ciertos casos.

Dejemos de loar a la imagen en detrimento de la palabra. Estamos en al era de la inmediatez y nos han educado para que el estímulo visual sea esencial para percibir sin volvernos locos toda la información que nos bombardea en el día a día. Pero pese al poder que tiene la imagen, estoy seguro que jamas ha habido tanta gente leyendo contenidos.

Por supuesto estos contenidos escritos no son de una calidad literaria reseñable. Una conversación de Whatsapp, un estado de Facebook o las características de un producto en una tienda online no son dignas de recibir un Premio Nobel de Literatura. Pero es que tampoco todas las imágenes que nos llegan a lo largo del día son dignas de ser expuestas en el Museo del Prado.

Ni la foto de la sobrina de tu compañera de trabajo vestida de flamenca que tiene puesto de fondo de pantalla en el ordenador de la oficina, ni el meme del negro extraordinariamente dotado que ha pasado tu cuñado al grupo de la familia, ni los logotipos infumables de empresas de dudosa calidad que ves cuando pasas en coche por el polígono industrial, harán que caigas fulminado al suelo a causa de un Síndrome de Stendhal.

Profesionalmente y personalmente trabajo generando o seleccionando entre diferentes procesos para conseguir destacar una imagen por encima del ruido visual, y puedo aseguraros que muchísimas ocasiones la fascinación por la imagen suele ser un trayecto de ida y vuelta.

He hablado con profesionales y creadores de contenido visual, y coincidimos que la pasión que se generó en nosotros cuando descubrimos el mundo audiovisual, la pintura o el cómic (y que hace que dejemos a un lado una narrativa tradicional) pasa a vivirse de otra manera con el tiempo.

Al igual el amor de largo recorrido no puede quedarse para siempre en ese primer estadio de furor y hormonas, la pasión por la imagen rara vez se queda en ese estado de fascinación y experimentación inicial. Con el tiempo y la experiencia se va relajando hasta convivir con otras maneras de expresión. Sólo llegados a este punto podemos observar el poder real de un grupo de palabras.

No es raro ver que creadores de imágenes como fotógrafos, dibujantes o cineastas llegado un momento se ponen a escribir un relato, un poema, un guión o una novela. Y en parte es porque la palabra es un recurso mucho más sencillo y accesible a la hora de transmitir una idea que si lo abordáramos por otras vías. Si optamos por esos otros caminos posiblemente habría que aprender una técnica, pagar unos medios o desplazarse a unos lugares quedan lejos del alcance de algunos creadores ya sea por dinero, tiempo o esfuerzo. Muchos de ellos han cambiado de oficio y se han transformado en novelistas, poetas o autores narrativa gráfica o infantil.

Personalmente me di cuenta repasando cuadernos antiguos. Me fijé que los primeros estaban llenos de dibujos, esquemas o recortes, y poco a poco esos espacios eran ocupados por anotaciones, listas o pequeños párrafos.

Ampliando ese enforque me fijé en mis intereses profesionales, que en un principio se centraban en la ilustración, el diseño, la fotografía o la narrativa audiovisual y que poco a poco han ido volcándose más en la redacción o el naming.

Esto no quiere decir que no me guste la imagen, pero digamos que he aprendido a amarla de otra manera. Ya no me apetece meterme entre sus piernas a la primera de cambio, sino compartir con ella momentos brillantes de auténtica complicidad y compenetración… y de vez en cuando tener sexo duro y sucio con ella, claro.

Esta reflexión puede que os parezca una chorrada pero, para alguien que pasa tanto tiempo trabajando con imágenes y palabras, es como cuando vuestra pareja os dice «cariño, tenemos que hablar». Efectivamente amigos, yo también estoy tan emocionado como acojonado. Pero os aseguro que veréis algo de revuelo en mis miserias al hilo de este razonamiento.